ESTOY EN ZÚRICH. Acabo de subir a un avión para ir a Chicago. Es sábado y ha comenzado a llover.
Las gotas se deslizan por la ventanilla igual que los esquiadores sin miedo. Y hago recuento: ayer perdí un avión y salgo con
veinticuatro horas de retraso; tuve que efectuar gestiones, reconducir el fastidio, desenfadarme. Lo imprevisto
forma parte del viaje porque el viaje es como la vida: una colección de lo que no esperamos.

Paseo por París. Entro en la librería Delamain, que está enfrente a la Comedia Francesa. Luego bajo al metro
para ir hasta la rue de la Convention. Conozco el parque André Citroën, y en su pelousse hay un globo aerostático. Nunca
he montado en uno y es algo que tengo que hacer. Sé que los aterrizajes son un zarandeo y puedes golpearte en la cabeza o en el hombro.
Hay otras cosas que también nos golpean sin necesidad de subir a la barquilla de un globo.

Soy consciente de que viajar nos saca del tiempo y de la rutina. Por eso han existido los aventureros, los exploradores, los que
cogían fiebres africanas y los que se embadurnaban de retos para alejarse de la indiferencia. Termina el verano y anochece temprano.
Mi ciudad, Zaragoza, me sondea, me hace un  test, me dice cómo estoy, me cuenta las pulsaciones que tengo. El verano
se acaba, y antes de morir me ruega que le revele mis próximos trayectos.
Y pide mi bendición. Y yo, como un obispo que nuca ha visto a Dios, se la concedo. Y beso también su frente.